Recuerdo, hace muchos años, haber visto Tacones Lejanos y haberme excitado con la escena entre el travesti y Victoria Abril. Letal, como se hacía llamar, vestido de mujer sube a la actriz en un tubo y le ofrece una deliciosa mamada de coño.
Por aquel entonces, yo ni pensaba conocer este mundo. Tampoco le puse mucha cabeza al hecho de haberme excitado, aunque en el momento sí me pareció extraño.
Años más tarde un actor mexicano, Gael García Bernal, causó igual efecto en mí con su papel en la película La Mala Educación. Él siembre ha llamado mi atención, pero vestido de mujer me despierta un morbo que no logro describir. Me gustaría follármelo hasta perder la sensibilidad del coño.
¿Por qué me excita un hombre vestido de mujer?
La verdad no lo sé. Por 12 años hice ballet, crecí entre cuerpos perfectos, totalmente definidos. Nalgas redondas, paradas, apetitosas. Detrás del escenario no hay tiempo para el pudor. Los ves desnudos, a medio vestir, maquillados, sudados… Alguna vez llegué a tener un juego de seducción con un bailarín. Puede que sea por eso…
Ahora que lo he experimentado en la realidad me sigo excitando, aunque prefiero esa imagen decadente de un hombre que se ve hombre, pero maquillado. Sombras y grandes pestañas postizas en sus ojos, labial… no me gustan las pelucas, ni que se vea muy refinado, me excita el contraste entre su hombría y ese papel de putita barata. Me gusta que tenga rasgos fuertes, que se vea como todo un macho. Ese es un tipo de humillación en el que encuentro una sutil belleza.
Me mojo desde el momento en el que tomo el labial y delineo sus labios.
Él cierra los ojos, se entrega a mí. Ya se ha vestido de mujer, se ha convertido en Patricia –así es como me place llamarle-. Le he comprado ligueros. Los pelos de sus piernas se ven a través de las pantys. Arriba viste una prenda íntima, de esas sueltas, transparentes, tipo baby doll. Como no lleva bragas, su polla queda al descubierto. La esconde metiéndosela hacia atrás, entre las piernas. Cuando hace eso, pareciera tener un coño.
Yo estoy sentada sobre él, o ella, como debería ya llamarle. Su rostro queda a la altura de mis pechos. Estoy en ropa interior. Tampoco llevo bragas, pero la piel de mi coño es suave y sin vellos. Su “coño” y mi coño se rozan, mientras maquillo su rostro. Le siento excitada, se ha puesto muy cachonda. Le hablo como mujer. “Soy tu putita” es una frase que repite constantemente. Le hago verse al espejo, con detenimiento. Se da media vuelta. Me encanta cómo se le ve el culo descubierto entre los ligueros. Lleva tacones con los que no sabe mantener el equilibrio.
Le hago besar el vidrio para que la marca de sus labios deje constancia posterior a este momento.
Le muerdo los pezones por encima de la tela. Meto mis manos por debajo y los acaricio. “Me gustaría que tuvieses más tetas, Patricia”. Le hago sentarse nuevamente sobre la cama. Yo me levanto y coloco mi coño a la altura de su boca. Comienza a chuparlo cuidando de no regarse el labial.
Me excita verle, ver sus ojos maquillados, sus pestañas. Voy a comprarle unos zarcillos, pienso. Me bajo y le beso. Lo hago con mucha ternura, como cuando un hombre delicadamente le hace el amor a su chica. Comienzo a moverme muy suavemente, a rozarle la polla erecta con mi coño. Se la mojo con mis fluidos, la recorro, pero no dejo que me penetre.
Patricia siente mi coño caliente, húmedo, excitado. Siente cómo la deseo, y cómo ese deseo intenso viene acompañado de sentimiento. “Hoy mi ama me está haciendo el amor”, susurra. Le hago callar con mis dedos. Los meto con suavidad en su boca, los besa. Yo le regreso el beso y busco con mis dedos su culo. Los introduzco con muchísimo cuidado y comienzo poco a poco a masajearlo.
Frente con frente, le miro a los ojos. Acaricio su mejilla con mi otra mano y le vuelvo a besar. Mis dedos le recorren adentro. Siento cómo su culo palpita, cómo pide más. Tomo un vibrador de doble cabeza y le penetro con suavidad. Del otro lado pasa lo mismo en mi coño. Ambas movemos nuestras caderas, coordinamos los movimientos para acabar al unísono.
Tras el orgasmo, ya no se siente Patricia. Reina el silencio mientras apoya su hombría herida en mi pecho. Le siento conmovido, sensible, vulnerable. Giro su rostro hacia el mío, despego las pestañas postizas y con una parte de la sábana borro la pintura de su boca. Le beso en la frente y vuelvo a apoyar su rostro en mi pecho.